El género de lo absurdo: Pikuniku

¡Voy a jugar un juego al mes! Ahh… ¿En qué estaría pensando cuando se me ocurrió esto? En fin, como algunos ya sabréis (si escucháis el podcast), ya he dejado de cumplir mi propósito de año nuevo. Al menos en lo que respecta a la lista que hice, ya que, en teoría, si contamos que he jugado al Apex Legends, todavía hay esperanza para mí.

Tonterías aparte, hoy quiero hablar un poco sobre el juego al que jugué en enero: Pikuniku.

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Si hacemos una búsqueda rápida en Google sobre el género al que pertenece Pikuniku, la gran G nos responde rápidamente que es un videojuego de lógica y videojuego de aventura, y su página de Steam nos dice que es un juego de exploración. Todas estas respuestas son correctas, al menos en cierta parte, pero en mi opinión se define mucho mejor como un videojuego feliz y, sobre todo, un videojuego absurdo, en el buen sentido de la palabra. Y es que en Pikuniku tan pronto estás explorando un valle como arreglando un puente con tela de araña, jugando a una especie de baloncesto, rompiendo jarrones de cerámica o haciendo un duelo de baile.

La historia de Pikuniku es una simple escusa para hacerte avanzar, no es lo importante ni en lo que se centra el juego. De hecho, es un ejemplo perfecto de lo que conocemos como “Design by subtraction”, es decir, diseño por sustracción, o lo que es lo mismo, quitar todo lo que no tiene que ver con la experiencia que se quiere dar.

Los gráficos simples, la poca cantidad de mecánicas, la facilidad de sus puzzles, su historia que se ve venir desde los primeros minutos del juego… Todo y absolutamente todo en Pikuniku se ha simplificado para que puedas disfrutar de lo que el juego de verdad pretende, que es simple y llanamente, hacerte sonreír.

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Pikuniku (Arnaud De Bock, Rémi Forcadell, Alan Zucconi y Calum Bowen, 2019)

Y la verdad es que lo consigue, o por lo menos conmigo, lo consiguió. En el par de horas que dura el título no pare de sonreír, y me sorprendí a mi mismo muchas veces buscando los pequeños secretos que esconde Pikuniku, no porque la recompensa afectara al juego o lo hiciera más fácil, si no porque sabía que al final de esa búsqueda iba a ver a un insectito adorable haciendo un baile o alguna de las otras muchas locuras que presenta el juego.

La verdad es que hacía mucho que no me reía tanto con un juego y es cierto que Pikuniku no va a revolucionar la industria ni va a ser uno de esos juegos referencia del año; pero de vez en cuando, un juego feliz, que no trate temas complejos sino que lo único que quiera sea sacarnos una sonrisa y alegrarnos el día, no viene nada mal.

Ruben Naranjo, @RubenNaranjo13

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